jueves, 6 de diciembre de 2012

Cuentos para contar....

EL PERRO Y EL GATO

 
Un perro y un gato se conocieron.
El gato dijo: ¡Miau!
El perro dijo: ¡Guau!
Pero no se entendieron.
Sin embargo, continuaron siendo amigos.

La amistad a veces es complicada, pero así es una auténtica amistad. Incluso hay días que, hablando el mismo idioma, no nos entendemos con nuestro mejor amigo. Otros días nos enfadamos por la más mínima cosa y dejamos de hablarnos por un tiempo; pero al final, nos podemos evitarlo y la añoranza hace que hagamos lo que sea por recuperar al amigo incondicional, y entonces todo vuelve a empezar, sin rencores ni reproches. Eso es la auténtica amistad.


AMIGOS

 
La rueda de un carruaje hirió la pata de un hermoso perro San Bernardo. Yendo cojo y dolorido hacia su casa, un herrero le vio pasar, dándole lástima. El herrero, conmovido, lo llamó y se lo llevó a su casa. Allí, le lavó la herida, puso en ella unas gotas de bálsamo y la vendó cuidadosamente.
El San Bernardo, agradecido, le siguió haciendo visitas diarias al herrero, donde éste lo seguía curando y aliviando de su dolor.
Transcurrida una semana, el perro ya estaba curado por completo. Sin embargo, no se olvidó nunca de su bienhechor, a cuyo taller acudía con frecuencia para mostrarle su agradecimiento y lealtad.
Habían pasado algunos meses cuando una mañana el herrero encontró en la puerta de la herrería a dos perros: uno de ellos era su antiguo amigo, el San Bernardo; y el otro, un galgo que tenía la pata herida de la que manaba sangre.
El herrero quedó asombrado de aquel rasgo de inteligencia y nobleza de sentimientos en un animal, y se puso a curar al galgo orgulloso y feliz.
El San Bernardo hizo entonces grandes demostraciones de agradecimiento y cariño, mientras el herrero, llorando de gozo, le dijo: "Hiciste bien, y te lo agradezco. Sabías que podías contar con tu antiguo amigo, y no sólo has favorecido a este perro, sino que me has dado una mañana feliz. Gracias".


EL PERRO QUE NO SABÍA LADRAR


Había una vez un perro que no sabía ladrar. No ladraba, no mugía, no relinchaba, no sabía decir nada. Era un perrito solitario.
Cómo se encontraba en una región sin perros, él no se había dado cuenta de que le faltaba algo. Los animales que se cruzaban con él, se lo hacían notar y le preguntaban:
-¿Pero tú no ladras?
-No sé... soy forastero...- aseguraba él.
-Vaya una contestación. ¿No sabes que los perros ladran?
-¿Para qué?- preguntaba indeciso nuestro amigo.
-Ladran porque son perros. Ladran cuando se asustan, ladran a la luna llena, ladran cuando quieren jugar,...
-No digo que no, pero yo...
-Pero tú ¿qué? ¡Tú eres un fenómeno! Cualquier día de éstos saldrás en los periódicos- le aseguraban.
El perro no sabía cómo contestar a esas críticas. No sabía ladrar y no sabía qué hacer para aprender. Se encontraba perdido y confuso.
Un día, un gallo que sintió pena por él, le dijo:
-Haz como yo-. Y lanzó dos o tres sonoros kikirikí.
-Me parace díficil- le aseguró el perrito.
-Qué vaaaa, ¡es facílisimo! Escucha bien y fíjate en mi pico. Vamos, mírame y procura imitarme- le instó lanzándole otro kikirikí.
El perro intentaba hacer lo mismo, pero sólo salía de su hocico un desmañanado "keké", que provocó la huída de las aterrorizadas gallinas.
-No te preocupes -le tranquilizó el gallito-. Para ser la primera vez está muy bien. Venga, vuelve a intentarlo.
El perrito lo intentaba todos los días. Practicaba a escondidas, desde por la mañana hasta por la noche, hasta enronquecer. A veces, para hacerlo con más libertad, incluso se iba al bosque.
Una mañana, encontrándose precisamente en el bosque, consiguió dar un kikirikí tan auténtico, tan bonito y tan fuerte que confundió a la zorra, que lo oyó y se dijo para sí: "Por fín ha venido el gallo a mi encuentro. Correré a darle las gracias por la visita". E inmediatamente se echó a correr, sin olvidarse de llevar el tenedor, el cuchillo y la servilleta, ya que para una zorra no hay comida más apetitosa que un buen gallo.
-¡Ah! -dijo la zorra- ¡Me has tendido una trampa!
-¿Una trampa?- preguntó el perrito confundido.
-Desde luego, me has hecho creer que había un gallo perdido en el bosque. Sin embargo, te has escondido para atraparme.
-Te aseguro que yo... Verás, no pensaba en absoluto cazarte. Vine para hacer ejercicios-confesó.
-¿Ejercicios? ¿De qué clase?- preguntó curiosa e intrigada la zorra.
-Me ejercito para aprender a ladrar. Ya casi he aprendido. Mira qué bien lo hago- Y de nuevo un sonorísimo kikirikí.
La zorra creía que se iba a morir de risa. Se revolcaba por el suelo, se apretaba la barriga, se mordía los bigotes y la cola. Nuestro perrito se sintió tan mortificado que, en silencio, se marchó sin mirar atrás, con el hocico bajo y lágrimas en los ojos.
Justamente en aquellos días se levantó la veda. Llegaron al bosque muchos cazadores. Disparaban sin cesar ni descanso. Estaban deseosos de matar.
Uno de los cazadores, ansioso por atrapar una presa aquel día, oyó salir de un matorral un sonoro "cucú... cucú" (que en realidad era el perro practicando otro sonido). Apuntando con el fusil, disparó dos tiros. ¡Bang! ¡Bang!
Por suerte, los perdigones no alcanzaron al perro, pero sí le asustaron.
Mientras el cazador buscaba al pájaro que creyó haber matado, nuestro perro se echó a correr.
-Debe habérselo llevado ese perrucho que se aleja. A saber de dónde habrá salido -refunfuñó el cazador. Y, para desahogar su rabia, disparó contra un ratoncillo que había sacado su cabeza fuera de su madriguera, pero no le dio.
Nuestro perro, buscando una explicación a lo que había ocurrido, de repente escuchó un sonido extraño. Guau Guau, oyó.
- Ese sonido me suena -pensó el perro-; sin embargo, no consigo acordarme de cúal es la clase de animal que lo hace.
-Guau guau- volvió a escucharse.
-Vaya, otro perro- dijo el nuevo amigo de nuestro perro-. Hola, perro- dijo.
-Hola, perro- contestó.
-¿Sabrías explicarme por qué me miras así?
-Es que no sé qué estás diciendo- confesó nuestro perro.
-¿Diciendo? Para tu conocimiento yo no digo, yo ladro.
-¿Ladras? ¿Sabes ladrar?
-Naturalmente. No pretenderás que barrite como un elefante o que ruja como un león- bromeó.
-Entonces, ¿me enseñarás?
-¿No sabes ladrar?- preguntó atónito ante ridícula pregunta.
-No- afirmó conpungido nuestro amigo.
-Mira y escucha bien, se hace así: Guau Guau- ladró orgulloso.
-Guau, Guau -dijo en seguida nuestro perrito.
Y, conmovido y feliz, pensó para sus adentros: "Al fin, encontré al maestro adecuado".

LOS MIL PERROS


Se dice que hace tiempo en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito, buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero en dicha casa. Una vez dentro, llegó a una habitación en la cual había mil perritos más.
Nuestro amigo comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los otros mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente, nuestro perro sonrió y le ladró alegremente a uno de ellos. Y se quedó sorprendido al ver que los mil
perritos también le sonreían y ladraban alegremente.
Cuando salió de la habitación, el perrito del cuento se quedó pensando: "¡Qué lugar tan agradable! ¡Voy a venir más seguido a visitarlo!"
Tiempo después, otro perro callejero entró en la misma casa abandonada. Sin embargo, a diferencia del anterior, este perrito, al ver a los otros mil perritos, se sintió amenazado, pues le miraban de manera agresiva. Asustado, empezó a gruñir. De inmediato, los mil perritos también empezaron a gruñir y ladrar.
Cuando este perro salió de la habitación despavorido, pensó:
"¡Qué lugar tan horrible es éste! ¡Nunca más volveré a entrar allí!"
Ninguno de los dos perros sabía leer, pero en la puerta principal
 de la casa colgaba un letrero que decía: "La casa de los mil espejos".
Si te sabes algún cuento, te animamos a que nos lo cuentes.

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